Año 2355. Finales de Abril.
Impresiones de un estudiante de Historia del Arte durante su breve estancia en el Delta del Llobregat.
Caminamos lentamente y en fila india a través de una vegetación muy espesa, un calor sofocante y un silencio de cripta sólo quebrado por el machete que usa mi jefe para abrirse paso. Él, profesor universitario experto en arte del XIX y el XX, comanda una expedición de seis miembros. Cuatro de ellos son militares. Y yo, el segundo civil, desde que hemos entrado en este inaudito invernadero no paro de preguntarme qué hago aquí.
Una nave lanzadera nos ha traído a este sorprendente edificio, un hangar antiguo de un aeródromo hace mucho tiempo abandonado. Se supone que, oculta entre tanta frondosidad, nos aguarda una colección valiosísima de pintura. La semana pasada mi jefe me convenció de que debía acompañarle en la tarea de hacernos con ese tesoro. No quiso darme detalles, se limitó a halagarme asegurando que yo era su mejor alumno y a prometerme una experiencia única que sería imperdonable perder.
Comienzo a arrepentirme de haberle hecho caso. Esta selva en miniatura es cualquier cosa menos acogedora, y no las tengo todas. Me siento muy inseguro pese a los soldados que nos custodian. Sin embargo el profesor parece estar a sus anchas: justo él encabeza el grupo porque es el único que conoce el camino. Eso dice. Pero… ¿qué camino?
Me cuesta creer que el profesor pueda orientarse en medio de esta jungla. La altura y densidad de la flora que nos envuelve es tal que, mire donde mire, sólo veo verde. Tampoco tengo claro si avanzamos en línea recta o en círculos, o sea, si realmente progresamos. Llevamos más de un minuto de marcha y, caminando siempre en la misma dirección, ya deberíamos haber llegado a cualquier punto del perímetro del edificio, porque este hangar es grande pero no tanto.
De repente nos quedamos inmóviles. Acabamos de oír el canto de un gallo. Ha sido un quiquiriquí prolongado y muy agudo que ha sonado con la potencia de la sirena de una fábrica antigua. Durante unos segundos me zumban los oídos.
Sigamos, sólo es un maldito pollo, dice el profesor. Seguimos, pero unos pasos después volvemos a detenernos porque lo que comienza a sonar con estruendo es un cacareo atronador, como el que pudiesen emitir más de mil gallinas que además se hubiesen puesto de acuerdo en empezar a cantar al unísono.
-¿Y eso?- escucho a duras penas que pregunta el militar de mayor graduación, un teniente.
-¡Gallinas!- grita mi jefe.
-¡Muy listo, profesor! ¡¿Y dónde están?! ¡No veo ninguna!
-¡Qué más da! ¡Sólo son gallinas!
Serán sólo gallinas (si de verdad lo son y no otros bichos más peligrosos) pero me ponen el vello de punta y me recuerdan una de las teorías oficiosas acerca del origen de la epidemia que acabó con la especie humana en Europa. En realidad es poco más que un rumor que precisamente comenzó a correr en la nave nodriza entre quienes teníamos como destino este rincón de la península Ibérica; sólo una descabellada hipótesis según la cual los laboratorios de una granja de por aquí, a principios del Siglo XXII, se propusieron multiplicar por diez la producción de sus gallinas y… lo consiguieron, pero a costa de… Prefiero no pensar en eso.
Intento prescindir del molesto cacareo y avanzar preocupándome en exclusiva de no perder de vista al soldado que va tres palmos por delante. Imposible: las puñeteras plumíferas no callan ni un instante.
Unos interminables segundos más tarde, al fin y de momento, consigo olvidar el escándalo reinante. Ha sido al llegar a un pequeño claro que hay frente a lo que tiene pinta de ser la puerta de una oficina de otra época. Observo asombrado cómo mi jefe busca en un bolsillo del pantalón y extrae una llave antigua que encaja a la perfección en la cerradura de la puerta. Abre fácilmente y entra como si lo hiciera en su propio despacho. Le seguimos y vemos una sala con muebles muy pasados de moda. Pero no son éstos los que interesan al profesor, sino unas cajas de madera dispersas por la estancia. Aquí está lo que hemos venido a buscar, dice tocando una de ellas. No hay tiempo para revisar ahora su contenido, aclara, ni éste es el lugar adecuado para hacerlo. Carguemos con ellas y llevémoslas a la lanzadera. En la nave nodriza ya nos dedicaremos con calma a identificar y catalogar los cuadros que hay en estas cajas.
Estamos en el último de los viajes necesarios para trasladar las cajas a la nave lanzadera. Todas contienen un mínimo de tres cuadros con su marco original, por lo que ha dicho el profesor, y pesan bastante. Cada una requiere al menos dos hombres para su porte. Y a mí me ha tocado ser uno de los porteadores.
Sudo como nunca por culpa del bochorno y el esfuerzo. El cansancio ha sustituido al pánico. Por fortuna estoy a punto ya de andar los metros finales antes de llegar al exterior y descargar mi última caja en la lanzadera.
Ocupo un lugar centrado en la fila india. El profesor conserva la primera posición, y no lleva más carga que su mochila y el machete que no puede dejar de usar para abrirse camino. Le siguen un par de soldados que sostienen verticalmente una caja, se entiende que entre la espalda de uno y el pecho del segundo. A continuación el tercer soldado y yo llevamos otra caja de igual modo, conmigo delante. Y por último el teniente, el único con las manos libres para blandir su arma. Las repetidas idas y venidas entre la lanzadera y el “despacho del tesoro”, sin más ataques sufridos que el del microclima infernal de este hangar invernadero y el persistente e irritante cacareo de unas gallinas que no se han dejado ver, nos ha hecho ser confiados y relajar nuestras defensas.
Cerca de la salida, a punto de concluir el último recorrido, observo horrorizado que el soldado que me precede cae tras recibir en el rostro una descarga de fluido, una pequeña nube gaseosa como la que un segundo después me abate a mí, y como la que, según luego me cuentan, sufren todos los demás.
Soy el último en recobrar el conocimiento y lo hago a bordo de la nave lanzadera. Despierto por completo gracias a un par de cachetes y el agua que mi jefe me da. Por su sonrisa triunfante deduzco que se ha salido con la suya. Le pregunto por el desmayo general y responde que no ha sido más que un contratiempo sin importancia. Bueno, es su opinión. Lo que yo recuerdo de los instantes previos a mi desfallecimiento no me parece una simple contrariedad irrelevante.
Lo que recuerdo es a mí mismo tendido en el suelo boca arriba y paralizado: sólo tengo movilidad en los brazos. Quiero pedir socorro y no me sale la voz. De pronto cesa el ruido ensordecedor del cacareo y escucho mi propia respiración, sobre todo al cerrar los ojos. Intento hallar una explicación lógica a lo ocurrido para no caer en el desánimo y entretener la espera del auxilio que confío llegue rápido.
Cavilo y cavilo hasta que noto un peso sobre el vientre. Abro los ojos y contemplo pasmado encima de mí a una gallina grandiosa, tres veces mayor de lo normal. Instintivamente quiero apartarla, pero entonces una presión sobre mis muñecas me impide hacerlo. Ignoro qué fuerza es la que me sujeta porque no puedo levantar la cabeza, y además la gallina, que se ha acomodado sentándose sobre mi pecho, proyecta una mirada que consigue liberarme del terror que no he sabido vencer desde que he caído al suelo.
Un minuto después la gallina se incorpora y se hace a un lado dejando sobre mi torso cuatro huevos, estos sí del tamaño habitual. Ha desaparecido el miedo, pero las sorpresas van en aumento.
La gallina sale de mi campo visual y es sustituida por un gallo, un espléndido ejemplar de casi dos metros de altura y un gran peso que tiene la delicadeza de no obligarme a soportar porque sitúa sus dos patas a ambos lados de mi tronco.
El gallo me mira con igual serenidad que la gallina, aunque sus ojos son más expresivos. Valiéndose de ellos reclama, y obtiene de mí, empatía y compromiso de complicidad. También transmite un mensaje inaudible pero que percibo claramente por vía telepática: mete estos huevos en la mochila y cuídalos hasta que los polluelos no te necesiten.
La lanzadera se aleja del hangar invernadero rumbo a la nave nodriza. Busco la mochila. Está bajo el asiento. La cojo y pongo sobre mis muslos. A primera vista no hay señales de que haya sido forzada. Marco la clave de apertura y echo una ojeada rápida al interior. Veo lo que espero ver: un estuche, un recipiente metálico que abro sin sacarlo de la mochila para que los demás no descubran lo que contemplo aliviado y satisfecho: los cuatro huevos que me han sido confiados. Se me escapa una sonrisa como la que se dibuja en el gran ventanal del edificio que queda allí abajo, el extraño hangar del que nos llevamos arte y vida. Otra vida.
BERNARDO RUIZ