- ¿Qué te parece? -le preguntó uno de sus compañeros.
- No lo sé. Raro.
Respondió Mary Rose Rivers. Se quitó el casco después de un último control. No había riesgo de contaminación en la zona.
- ¿No llegaste a conocerlo habitado, verdad?
-Le preguntó Miller, otro compañero más veterano, del grupo de los arqueólogos.
Habían llegado juntos en uno de los transportadores que acaban de aterrizar en los restos del aeropuerto de Barcelona.
- No, no había nacido cuando sucedió.
- ¿Qué edad tienes?
- Veintidós años.
La epidemia había tenido lugar hacía veintitrés años.
Al principio se había permitido la salida de personas, pero ante el miedo de que la infección se extendiera, se cerraron todos los aeropuertos del resto del mundo. La entrada de europeos a países no contaminados quedó totalmente prohibida. Los que trataron de llegar a África o se ahogaron en el mar o fueron ametrallados nada más pisar la costa.
Europa ya era un continente poco poblado, sólo seiscientos millones. Fueron muriendo en cuestión de unos pocos meses. Los últimos, debilitados por la enfermedad, el hambre y el agotamiento de tener que enterrar los cuerpos. Les habían prometido sacarlos, pero no fue necesario.
Rivers era geóloga y también especialista en arqueología de ecosistemas. Su pasión eran los humedales, un tipo de paisaje desaparecido hacía dos siglos. Aunque su misión era hacer una primera prospección del terreno con vistas a edificar allí varias pistas de para aviones de carga, su objetivo secreto era ver si era cierta la información que les había llegado de uno de los satélites de observación. Por lo visto, el abandono de Europa después de la epidemia había ocasionado que algunos ecosistemas que se consideraban extintos parecieran recuperarse. El satélite de observación había detectado trazas de un posible humedal en la zona del llamado Delta del Llobregat.
Se separó del resto del grupo, que se dirigió a los restos de Barcelona para buscar obras de arte. Lo agradeció. Quería estar sola.
Caminó hacia la zona indicada por el satélite. Según su información, esa zona había sido la tercera pista del aeropuerto.
Mientras se acercaba, se sentía como esos científicos de una película antiquísima que había visto en el Museum for Ancient Art de Nueva York. ¿Cómo se llamaba? ¡Jurassic Park! En la película, unos científicos del siglo XX llegaban a una isla y veían por primera vez en la realidad aquellos seres que habían estudiado en los libros o a través de fósiles. Ahora ella tenía la oportunidad de ver quizás por primera vez un delta, un humedal. Después de años de investigar a través de fotos y películas, de recorrerlo sólo a través de un simulador de paisajes. Por eso se había ofrecido voluntaria para el proyecto. A pesar de los riesgos de una posible contaminación.
Llegó a lo que había sido la tercera pista. Quedó asombrada de la velocidad con que había desaparecido el asfalto. Las plantas se habían introducido en las ranuras y lo habían reventado, en cualquier agujero se había creado un pequeño lago, en otras zonas apenas quedaban restos de la pista. Olía extraño.
“Eso será el olor de humedad”. Se dijo.
Los sonidos también le resultaban extraños.
“¿Mosquitos?” Un roce en la piel le confirmó su impresión. Había mosquitos. En el resto del mundo se habían extinguido por lo menos hacía un siglo. Reconoció otros sonidos. Ranas, aves. El ordenador le daba las informaciones para poder identificarlos.
De pronto, percibió un sonido humano. Se volvió.
Un hombre joven apareció en medio de una zona pantanosa. No lo había visto antes y no podía imaginarse de dónde había salido. La zona era completamente plana, no había ni árboles ni construcciones que lo hubieran podido ocultar. Pero allí estaba.
Parecía llevar una especie de uniforme. Dirigió hacia él el ordenador y leyó la información:
“Uniforme alemán de aviación de 1940”.
Se acercó al hombre. Era rubio y tendría unos veintisiete años.
Lo saludó. Él le devolvió el saludo.
- ¿Qué haces aquí? -le preguntó el hombre.
- Investigar. ¿Y tú?
- Vivo aquí.
- Imposible. Aquí no hubo supervivientes. Sólo muertos.
- Pues eso.
- ¿Cómo te llamas?
- Eduardo. Eduardo Laucirica
- ¿Eres alemán?
- No. Alemán era el avión, un Messerschmidt BF-109. Yo soy de Bilbao.
- ¿Y qué haces aquí?
- Me destinaron a un regimiento del Ejército del Aire en 1939. Y después de la guerra,...
Mientras el hombre hablaba, ella iba leyendo las informaciones que le mostraba el ordenador: “Guerra civil española, 1936-1939...”
− Después de la guerra me mandaron aquí y durante una exhibición acrobática en diciembre de 1940 caí en este lugar.
Me estrellé aquí. Justo en este punto. Con el caza. Era un avión magnífico, del ejército alemán. Había pertenecido a un mayor alemán, Walter Grabmann. ¿Sabes lo que significa “Grab”?
- No.
- Tumba. Me dio risa cuando me lo contaron. No sabía que ese aparato iba a ser mi tumba. Caí en picado y, como la tierra era tan blanda, me hundí. Dicen que salió un surtidor de fango de casi veinte metros.
El piloto se echó a reír.
Rivers no sabía qué podía responder. ¿Qué se hace en estas situaciones? En ninguna sección de su ordenador había instrucciones sobre lo que se le dice a un piloto que lleva más de cuatrocientos años muerto.
Por suerte, él mismo vino en su ayuda:
- ¿Quieres que te enseñe esto?
No estaba muy segura de si quería tenerlo todo el tiempo a su lado. La verdad es que ni siquiera sabía si lo tenía a su lado. Otra vez el piloto se adelantó:
- Nadie conoce esto mejor que yo.
No le quiso decir que tampoco había nadie más allí.
Recorrieron la zona. El piloto le mostraba la zona como un jardinero enamorado de su propia obra.
- Fíjate. Esto, antes de la epidemia, estaba cubierto de hormigón.
Algunas placas de hormigón aún sobresalían, fracturadas y levantadas por el empuje de las plantas. En algunas partes se habían desarrollado pequeñas ciénagas.
− Estaban como yo, bajo tierra, esperando que llegara su momento.
− ¿Tú sigues ahí también?
− No. Me encontraron y me sacaron en 2002. Pero ¿qué quieres que te diga? Esto sigue siendo mi casa. Y ¿ves allí? Antes de la epidemia, el río Llobregat no llevaba agua. ¿Ves eso? El agua ha vuelto a recuperar la estructura del delta.
Caminaban por zonas cubiertas de agua y cañas. El zumbido de los mosquitos los acompañó hasta el anochecer.
− No te lo creerás –dijo el piloto−. Pero echaba de menos a estos bichos del demonio.
Ella lo creía.
- Oscurece. Tengo que volver al transportador.
El piloto la acompañó hasta el lugar en el que lo había encontrado.
- ¿Entiendes por qué estoy aquí? -le preguntó.
- Creo que sí. - Respondió ella-. Quieres que la zona tenga una nueva oportunidad.
Media hora después se encontró con sus compañeros.
- ¿Qué tal, Rivers? ¿Crees que la zona puede ser apropiada para construir el aeropuerto de carga?
- No. No es adecuado. Esta zona no reúne las condiciones para un aeropuerto.
Mandó el informe a la central. “No apto”.
Rosa Ribas